Introducción:

Historia y costumbres:
Los botocudos se caracterizaban
por su violencia. Varios testimonios aseguran que eran antropófagos y atacaban
a los pueblos de goitacases y puris, sus adversarios tradicionales, o caravanas
de viajeros e incluso fincas de colonos, incendiando lo que encontraban a su
paso.
Las primeras noticias sobre ellos
datan del siglo XVI. Gabriel Soares de Sousa, en su relación de las costas de
Brasil, ofrece una descripción de los aimoré (nombre dado a botocudos), su vida
y sus costumbres, considerándolos descendientes de los tapuias, algo que más
tarde los estudios no han confirmado. Los botocudos (algunos se daban a si
mismos el nombre de engerakmung) habitaban la costa brasileña entre las
latitudes de 13º a 23º sur. En el siglo XIX, ya habían quedado confinados entre
los ríos Dulce y Pardo (15º a 20º de latitud sur).

Se deformaban las orejas y
los labios inferiores por medio de botoques, discos blancos hechos,
generalmente, de madera de barriguda (Bombax ventricosa), secados al fuego y de
tamaño variable, llegando a los 12 cm. Por lo general andaban desnudos, y
algunos hombres usaban fundas para el pene realizadas con hojas trenzadas de
Issara.
Sus viviendas, debido a los
desplazamientos constantes de los miembros de la tribu, eran de fácil y rápida
construcción, en general hojas de palma y ramas apoyadas sobre estacas, donde
los pocos utensilios domésticos estaban en el suelo, donde también dormía.

Hasta mediados del siglo XIX,
sólo fueron cazadores y recolectores, siendo la de pesca y la recolección tarea
de las mujeres y los niños. La caza la realizaban los hombres individualmente
o, a veces, en grupos, pero cada grupo tenía un área especial. El arco y la
flecha eran los instrumentos utilizados.


Ya desde el siglo XVI fueron
famosos como «salteadores» de las haciendas de los colonos blancos, lo que
motivó las represalias de estos. Se dice que en Espírito Santo el conde de
Linhares, cuya hacienda en el río Doce era muy atacada por los botocudos, en
una célebre proclama instó à la guerra contra ellos, orden que, de acuerdo con
el testimonio de Maximiliano de Wied, era fielmente seguida por lo oficial
subalterno de Riacho e probablemente por los cuarteles a lo largo de la costa
norte do Espírito Santo.
Los registros de las expediciones
anteriores al siglo XIX muestran que estas no atravesaban los bosques donde
vivían botocudos: ni Espinosa, ni Tourinho, Adorno, Martim Carvalho, el coronel
Bento Lourenço Vaz de Abreu Lima y Francisco Teixeira Guedes. Nadie salía ileso
de los enfrentamientos con ellos. Solo con la ocupación masiva en el siglo XIX
los colonos conocerán la victoria sobre los botocudos. Las propuestas de paz
posteriormente hechas se traducirán en tolerancia para entrar en su territorio.
Los que trataron a los indios de manera amistosa lograron tal propósito, como
Teófilo Ottoni, João Felipe Calmon, los frailes Serafim Gorízio y Angelo
Sassoferrato, que aprovecharon las enseñanzas humanitarias del comandante
francés Guido Marlière, que trabajó con los nativos de la región do vale del
acero, en los actuales municipios de Ipatinga, Timóteo, Coronel Fabriciano,
Marlíeria y Jaguaraçu (Estado de Minas Gerais) a inicios del siglo XIX.

Grupos:
Muchos fueron los grupos
indígenas denominados botocudos, debido al uso de ornamentos labiales y
auriculares ("botoques"), independientemente del grupo
etnolingüístico al que pertenecieran:
bacuéns;
caingangues;
cracmuns;
crenaques (todavía considerados botocudos);
eteuetes;
guticraques;
jiporoques;
maconis;
malalis;
minhajiruns;
mokuriñs (todavía considerados botocudos);
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